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La paz perenne con la naturaleza y la Madre Tierra

16/04/2014

Uno de los legados más fecundos de Francisco de Asís, actualizado por Francisco de Roma, es la oración por la paz, tan urgente en los días actuales. El primer saludo que San Francisco dirigía a los que encontraba era desearles “Paz y Bien” que corresponde al Shalom bíblico. La paz que ansiaba no se restringía a las relaciones interpersonales y sociales. Buscaba una paz perenne con todos los elementos de la naturaleza, tratándolos con el dulce nombre de hermanos y hermanas.

Especialmente la “hermana y Madre Tierra”, como la llamaba, debería ser abrazada por el abrazo de la paz. Su primer biógrafo Tomás de Celano resume maravillosamente el sentimiento fraterno del mundo que lo invadía al testimoniar: «Se llenaba de inefable gozo todas las veces que miraba al sol, contemplaba la luna y dirigía la vista hacia el firmamento y las estrellas. Cuando se encontraba con las flores, les predicaba como si estuviesen dotadas de inteligencia y las invitaba a alabar a Dios. Lo hacía con tiernísimo y conmovedor candor: exhortaba a la gratitud a los viñedos y a los trigales, a las piedras y a las selvas, a las plantaciones de los campos y a las corrientes de los ríos, a la hermosura de las huertas, a la tierra, al fuego, al aire y al viento”.

Esta actitud de reverencia y de ternura lo llevaba a recoger las babosas de los caminos para que no las pisaran. En el invierno daba miel a las abejas para que no muriesen de escasez y de frío. Pedía a los hermanos que no cortasen los árboles de raíz, en la esperanza de que pudiesen regenerarse. Hasta las malas hierbas debían tener un lugar reservado en las huertas para que pudiesen sobrevivir, pues ellas también anuncian al “hermosísimo Padre de todos los seres”.

Solamente puede vivir esta intimidad con todos los seres quien ha escuchado su resonancia simbólica dentro del alma, uniendo la ecología ambiental con la ecología profunda. Jamás se situó por encima de las cosas, sino al pie de ellas, como quien convive verdaderamente como hermano y hermana, descubriendo los lazos de parentesco que unen a todos.

El universo franciscano y ecológico nunca es inerte ni las cosas están colocadas ahí al alcance de la mano posesora del ser humano ni yuxtapuestas una al lado de la otra sin conexiones entre ellas. Todo compone una grandiosa sinfonía cuyo maestro es el propio Creador; todas las cosas están animadas y personalizadas. Francisco descubrió por intuición lo que sabemos actualmente por vía científica (Crick y Dawson, que descifraron el DNA): que todos los vivientes somos parientes, primos, hermanos y hermanas, porque poseemos el mismo código genético de base. Francisco experimentó espiritualmente esta consanguinidad.

De esta actitud nació una paz imperturbable, sin miedo y sin amenazas, paz de quien se siente siempre en casa, con los padres, los hermanos y las hermanas. San Francisco realizó plenamente la espléndida definición que la Carta de la Tierra encontró para la paz: «es la plenitud creada por relaciones correctas consigo mismo, con las otras personas, otras culturas, otras vidas, con la Tierra y con el Todo mayor del cual somos parte» (n.16

La suprema expresión de la paz, hecha de convivencia fraterna y de acogida cálida de todas las personas y cosas está simbolizada en el conocido relato de la perfecta alegría. A través de un artificio de la imaginación, Francisco presenta todo tipo de injurias y violencias contra dos cofrades (uno de ellos es el propio Francisco). Empapados de lluvia y de barro, llegan exhaustos al convento. Allí son rechazados a bastonazos (“golpeados con un palo de nudo en nudo”) por el fraile portero. Aunque han sido reconocidos como cofrades, son vilipendiados moralmente y rechazados como gente de mala fama.

En el relato de la perfecta alegría, que encuentra paralelos en la tradición budista, Francisco va, paso a paso, desmontando los mecanismos que generan la cultura de la violencia. La verdadera alegría no está en la autoestima, ni en la necesidad de reconocimiento, ni en hacer milagros o hablar en lenguas. En su lugar coloca los fundamentos de la cultura de la paz: el amor, la capacidad de soportar las contradicciones, el perdón y la reconciliación más allá de cualquier presupuesto o exigencia previa. Vivida esta actitud, irrumpe la paz que es una paz interior inalterable, capaz de convivir jovialmente con las más duras oposiciones, paz como fruto de un completo despojamiento. ¿No son esas las primicias de un Reino de justicia, de paz y de amor que tanto deseamos?

Esta visión de la paz de San Francisco representa otro modo de ser-en el-mundo, una alternativa al modo de ser de la modernidad y de la posmodernidad, asentado sobre la posesión y el uso irrespetuoso de las cosas para el disfrute humano sin ninguna otra consideración.
Aunque haya vivido hace más de ochocientos años, el nuevo es él, no nosotros. Nosotros somos viejos y estamos envejecidos porque con nuestra voracidad estamos destruyendo las bases que sustentan la vida en nuestro planeta y poniendo en peligro nuestro futuro como especie. El descubrimiento de la hermandad cósmica nos ayudará a salir de la crisis y nos devolverá la inocencia perdida que es la claridad infantil de la edad adulta.

Leonardo Boff es autor de La oración de San Francisco: un mensaje de paz para el mundo de hoy, Sal Terrae 32012.

Traducción de Mª José Gavito Milano

La pace perenne con la natura e la Madre Terra

16/04/2014

Uno dei lasciti più fecondi di San Francesco di Assisi attualizzato da Francesco di Roma è la predicazione della pace, tanto urgente al giorno d’oggi. Il primo saluto che San Francesco dirigeva a coloro che incontrava era augurare loro “Pace e Bene” saluto che corrisponde allo Shalom biblico. La pace che desiderava non si limitava alle relazioni interpersonali e sociali. Cercava una pace perenne con tutti gli elementi della natura, rivolgendosi ad essi con il dolce nome di fratelli e sorelle.

Specialmente la “Sorella e Madre Terra”, come la chiamava, dovrebbe essere abbracciata con l’amplesso di pace. Il suo primo biografo Tommaso da Celano riassume meravigliosamente il sentimento fraterno del mondo che lo invadeva quando testimoniava: “Si riempiva di ineffabile godimento tutte le volte che guardava il sole o contemplava la luna o dirigeva lo sguardo alle stelle o al firmamento. Quando vedeva dei fiori, faceva loro raccomandazioni come a persone dotate di intelligenza e li invitava a lodare Dio. Lo faceva con tenerissimo e commovente candore: esortava alla gratitudine i campi di grano i vigneti le pietre e le selve, i frutteti dei campi, le correnti dei fiumi la bellezza degli orti, la terra, il fuoco, l’aria e il vento”.

Quest’atteggiamento di riverenza e di tenerezza lo portava a raccogliere i vermi nel suo cammino perché non finissero schiacciati. D’inverno dava miele alle api perché non morissero per mancanza di cibo e per il freddo. Chiedeva ai fratelli di non tagliare gli alberi alla radice nella speranza che potessero ributtare. Persino le erbe che dannose dovrebbero aver luogo riservato negli orti, perché potessero sopravvivere, dato che “anche loro annunciano il bellissimo Padre di tutti gli esseri”.

Soltanto chi ha ascoltato la loro risonanza simbolica dentro l’anima può vivere in questa intimità con tutti gli esseri, unendo l’ecologia ambientale con l’ecologia profonda; mai lui si è messo in cima alle cose ma ai loro piedi, proprio come chi convive con un fratello e una sorella scoprendo i lacci di parentela che ci uniscono tutti.

Mai l’universo francescano e ecologico è inerte e le cose non stanno buttate lì, alla portata di una mano che arraffa o giustapposte fianco a fianco, senza interconnessioni tra di loro. Tutto compone una grandiosa sinfonia il cui maestro è il creatore stesso. Tutte sono esaminate e personalizzate; per intuito ha scoperto quello che sappiamo attualmente per via scientifica (Crick e Dawson, i due che hanno decifrato il DNA) vale a dire che noi tutti viventi siamo parenti, cugini, fratelli e sorelle si perché possediamo il medesimo codice genetico di base. Francesco ha sperimentato spiritualmente questa consanguineità.

Da quest’atteggiamento è nata un’imperturbabile pace, senza paure senza minacce, pace di chi si sente sempre in casa con il papà di fratelli e sorelle. San Francesco ha realizzato pienamente la splendida definizione che la Carta della Terra ha trovato per la pace: “è quella pienezza creata da relazioni corrette con se stessi, con le altre persone altre culture, altre vite, con la Terra e con il tutto più grande del quale siamo parte” (n.16f).

La suprema espressione della pace, fatta di convivenza fraterna e di accoglienza calorosa di tutte le persone e cose è simbolizzata attraverso la conosciuta relazione della perfetta allegria. Attraverso un artificio dell’immaginazione, Francesco descrive qualsiasi tipo di ingiuria e violenza contro due confratelli (uno di loro è lo stesso Francesco). Bagnati zuppi di pioggia e di fango, arrivano, esausti, al convento. Lì sono cacciati a bastonate (“picchiati con un randello nocchieruto”) dal frate portinaio. Anche riconosciuti come confratelli, sono oltraggiati moralmente e registrati come gente di cattiva fama.

Nella racconto della perfetta allegria, che incontra paralleli nella tradizione buddista, Francesco va passo a passo smontando i meccanismi che generano la cultura della violenza. La vera allegria non sta nell’ autostima, e nemmeno nella necessità di essere riconosciuti, neanche nel fare miracoli né nel parlare tante lingue. Al suo posto, mette i fondamenti della cultura della pace: l’amore, la capacità di sopportare le contraddizioni, il perdono, la riconciliazione al di là di qualsiasi presupposto o esigenza previa. Quando uno ha vissuto quest’atteggiamento irrompe la pace che è una pace interiore inalterabile capace di convivere allegramente con la più dura delle opposizioni, pace come frutto di una completa spoliazione . Non sono queste le primizie del regno di giustizia, di pace di amore che tanto desideriamo?

Questa visione di pace di San Francesco rappresenta un altro modo di essere-nel-mondo, una alternativa al modo di essere della modernità e della postmodernità, sistemato sopra il possesso e l’uso sfacciato delle cose per lo sfruttamento umano senza nessun’altra considerazione.

Anche se vissuto più di ottocento anni fa, lui è il nuovo e non noi. Noi siamo vecchi e invecchiati con la nostra voracità stiamo distruggendo la base che sostiene la vita del nostro pianeta e mettendo a rischio il nostro futuro come specie. La scoperta della fratellanza cosmica ci aiuterà a uscire dalla crisi e ci restituirà l’innocenza perduta che è il chiarore infantile dell’età adulta.

Traduzione di Romano e Lidia Baraglia

When the Great Tribulation arrives, the Earth will at last have her well deserved rest

13/04/2014

It appears to me that the reflections of Waldemar Boff*, who practices ecology with small rural producers near the Surui river, in Baixada Fluminense, Brazil, are very opportune.

This is his text:

«No one knows the day or the hour with certainty. That is because, almost without realizing it, we are already in its midst. But it is coming, with ever greater intensity and clarity. When the great catastrophe occurs, it will appear to be a surprise.

Not withstanding that well documented data point to the inevitability of global changes due to climate, with consequences that scientists are trying to fathom, and that surely will worsen, the economic interests of the great nations and their leaders’ lack of vision keep them from taking the measures necessary to mitigate its effects and adapt their way of living to the Earth’s feverish state.

We can imagine a plausible scene in which hurricanes will wipe out entire regions. Gigantic waves will overwhelm cities and civilizations, leaving them to die at the feet of the mountains. Lengthy droughts will cause all that wealth to be traded for a simple glass of dirty water. Extreme heat and cold will make us recall nostalgically our grandmothers’ tales of the afternoon breezes and the heat of the hearth fires in winter, always foreseeable, and of fruits ripened by the warmth of a beneficent summer sun. People then will eat only to survive, always small meals of questionable taste.

But that will not be the worst. The rail-thin mother will be unable to bury her daughter, and the grandson will kill his grandfather for a crumb of bread. Dogs and cats, mankind’s friends, will be sought everywhere as the last possibility to satiate hunger. The living will envy the dead and no one will mourn the deaths of the children. Hunger will reach such a point that, as in besieged Jerusalem, the starving will await death’s next victim, to eat away the flaccid flesh.

“the countryside will be devastated and the cities will be in ruins. When she is devastated, the Earth will rest for the Saturdays she did not rest when you inhabited Her” (Lev 26,33-35).

But will this be the end of the biosphere? No. For the just and sensible ones, God will make those days brief, and will not destroy all life on Earth, keeping the promise made to our father Noah. But it is necessary for humans to pass through that tribulation to awaken from their selfishness and recognize that the human being is part of the community of life, and is its main guardian.

What can we do to prepare ourselves for those times? First, we must recognize that we are already living in them. We no longer know when Spring or Fall will come. Nor can we count on the months of cold and warmth. We no longer know when there will be rain or sun. Also, it is important to remain silent, vigilant, and observant, watching for the signs that indicate the acceleration of the processes of change. And above all, it is essential to convert, to change our life habits, undergo personal change, profound and definitive. Only then will we have the moral conditions to ask others to do so. But, as in the time of the prophets, few will listen, some will ridicule and the majority will remain indifferent, allowing themselves all sorts of liberties, as in the times of Noah.

We should also return to our roots, to start over, as repentant humanity has done so many times before, recognizing that we are just creatures, and not the Creator, that we are comrades and not the lords of nature; that to be happy we must necessarily submit to the great laws of life and listen attentively to the voices of our consciences. If we obey those main laws, we will harvest the fruits of the Earth and the joy of the soul. If we disobey them, we will inherit a civilization like that in which we are living now, full of greed, war and sorrow.

For the coming times of scarcity we must retake the ancestral arts and techniques of planting, gathering, eating; of caring for the animals and using them with respect, of making utensils and tools with local crafts and technologies; of selecting and planting herbs that cure and grains that nourish; harvesting to weave; preserving the sources of water, finding the right places to dig wells and learning again to store rainwater. We must rejoin the economy of scarcity, of shared sobriety and naked beauty. From that recovered and enriched knowledge a civilization of contentment will grow, a bio-civilization, the Earth of good expectations.

After that epoch of tears and hope, we will overcome the stupid war of religions, that intolerable dispute of gods. Beyond prophets and traditions, beyond morals and liturgies, perhaps we will return to worshiping, under a multiplicity of names and forms, the only Creator of everything and Father-Mother of all life in the Great Spirit who unites and inspires all, lovingly intertwined in one unique universal fraternity. And we will at last be able to truly organize a union of all the peoples of the world and an authentic parliament of all religions».

*Waldemar Boff, a graduate in philosophy and sociology in the United States, works with the Popular Organization and Education Service, SEOP, from the Spanish, Servicio de Educación y Organización Popular, in La Baixada Fluminense, Brazil.

 
Leonardo Boff

03-30-2014
Free translation from the Spanish sent by
Melina Alfaro, alfaro_melina@yahoo.com.ar,
done at REFUGIO DEL RIO GRANDE, Texas, EE.UU.

Perdersi per incontrarsi: il monaco, il gatto e la luna

13/04/2014

L’uomo moderno ha perso il senso della contemplazione, la capacità di meravigliarsi davanti alle acque cristalline di un ruscello, di osservare un cielo stellato e di estasiarsi davanti agli occhi brillanti di un bambino che lo osserva indagatore. Non sa più che cosa sia la freschezza di un pomeriggio d’autunno. Incapace di restare solo, senza cellulare, senza Internet, senza televisione e hi-phi. Ha paura di udire la voce che viene da dentro, quella che mai mentisce, che ci consiglia, si congratula, ci giudica e sempre ci accompagna. Questa piccola storia è raccontata da mio fratello Waldemar. Lui sta provando personalmente a vivere come vivevano i monaci nel deserto: ci restituisce la nostra dimensione perduta. Quel che è profondamente vero possiamo dirlo bene – come attestano gli antichi saggi – in piccole storie e raramente attraverso concetti. A volte quando immaginiamo che ci siamo perduti, è allora che noi ci incontriamo. Quello che questa storia vuole insegnare è una sfida per tutti:

C’era una volta un eremita che viveva molto al di là delle montagne di Iguazim proprio di fronte al deserto di Acaman. Là aveva preso dimora da 30 anni. Alcune capre gli davano il latte ogni giorno e un palmo di terra di quella valle fertile gli dava il pane. Vicino alle capre svettavano rami di vite. A far da tetto, foglie di palma. Le api facevano il miele tutto l’anno.

“Sono trent’anni che vivo da queste parti – sospirò una sera il monaco Porfirio- saranno trent’anni buoni” – e, seduto su un sasso, lo sguardo perso nelle acque del ruscello che giocavano tra i ciottoli , si trattenne su questo pensiero per lunghe ore. “Tret’anni e non mi sono incontrato. Mi sono perso per tutto e per tutti, nella speranza di incontrarmi. Ma mi sono perso definitivamente”.

Il giorno dopo, prima che il sole nascesse, il monaco Porfirio, con un fagotto sulle spalle, i sandali mezzo rotti ai piedi, dopo la preghiera dei pellegrini, si mise in cammino giù per le montagne di Iguazaim. Lui sempre saliva sulle montagne, quando spinto da forze estranee, il suo mondo interiore minacciava di sfasciarsi. Andava a visitare AbbaTebaìno, eremita più ricco di esperienza e più saggio, padre di una generazione di uomini del deserto. Lui viveva sotto una grande roccia dove si potevano vedere laggiù in basso i campi di grano della villaggio di Icanaum.

“Abba, mi sono perso per incontrarmi. Mi sono perso irrimediabilmente. Non so chi sono, né perché io sto al mondo e per chi perché io per che cosa sto al mondo. Ho perso il meglio di me, il mio proprio io. Ho cercato la pace della contemplazione, ma ho da lottare contro una falange di fantasmi. Ho fatto tutto per meritare la pace. Guarda il mio corpo, contorto come una radica, emaciato per tanti digiuni. Sto qui a pezzi e avvilito, vinto dalla stanchezza della ricerca”.

Nel cuore della notte, sotto una luna enorme, che illuminava il profilo delle montagne, Abba Tebaìno seduto all’ingresso della grotta, rimase ad ascoltare con tenerezza infinita le confidenze del fratello Porfirio. In uno di questi intervalli, dove le parole spariscono e solo resta la presenza, un gattino che viveva da molti anni con Abba, venne trascinandosi pian piano fino ai suoi piedi scalzi. Miagolò, leccò la punta destra del saio, si sdraiò e si mise con grande occhi di bambino, a contemplare la luna che saliva silenziosa al cielo con le anime dei giusti. E dopo molto tempo, cominciò l’Abba Tebaìno:

“Porfirio, figlio mio caro, tu devi essere come il gatto; lui non cerca niente per sé, ma aspetta tutto da me. Tutte le mattine, aspetta al mio fianco una crosta di pane e un poco di latte in questa scodella secolare. circa, spera tutto. È disponibilità. Abbandono. Puramente e semplicemente. Vive per l’altro. È dono, è grazia, è gratuità. Qui vicino a me, sdraiato contempla innocente e ingenuo, arcaico come l’essere, il miracolo della luna che sale enorme e benedetta. Non cerca se stesso, nemmeno nell’intima vanità di auto purificazione o di compiacenza di autorealizzazione. Lui si è perduto irrimediabilmente, per me e per la luna… È la condizione che lui vuole essere quello che è, e di incontrarsi”.

Un silenzio profondo discese sopra la bocca della roccia.

La mattina dopo, prima che nascesse il sole, i due eremiti cantarono i salmi di mattutino. Le loro lodi echeggiarono sulle montagne e fecero rabbrividire gli estremi confini dell’universo. Dopo si dettero il bacio della partenza. Il fratello Porfirio con un fagottino sulle spalle e sandali mezzo rotti ai piedi, ritornò alla sua valle, al sud del deserto di Acaman. Aveva capito che per incontrarsi doveva perdersi nella più pura e semplice gratuità.

Gli abitanti del villaggio vicino raccontano che, molti anni dopo, in una profonda e tranquilla notte di luna piena, videro in cielo un grande chiarore. Il monaco Porfirio che saliva, insieme alla luna, nell’immensità infinita di quel cielo che era tutto un delirio di stelle scintillanti ormai non aveva più bisogno di perdersi perché si era definitivamente incontrato”.

Waldemar Boff (uno dei miei 10 fratelli) ha studiato negli USA, è educatore popolare e contadino.

Traduzione di Romano Baraglia

A paz perene com a natureza e a Mãe Terra

12/04/2014

          Um dos legados mais fecundos de Francisco de Assis e atualizado por Francisco de Roma é a pregação da paz, tão urgente nos dias atuais. A primeira saudação que São Francisco dirigia aos que encontrava era desejar “Paz e Bem” que corresponde ao Shalom bíblico. A paz que ansiava não se restringia às relações inter-pessoais e sociais. Buscava uma paz perene com todos os elementos da natureza, tratando-os com o doce nome de irmãos e irmãs.

Especialmente a “irmã e Mãe Terra”, como dizia, deveria ser abraçada pelo amplexo da paz. Seu primeiro biógrafo Tomás de Celano resume maravilhosamente o sentimento fraterno do mundo que o invadia ao testemunhar:”Enchia-se de inefável gozo todas as vezes que olhava o sol, contemplava a lua e dirigia sua vista para as estrelas e o firmamento. Quando se encontrava com as flores, pregava-lhes como se fossem dotadas e inteligência e as convidava a louvar a Deus. Fazia-o com terníssima e comovedora candura: exortava à gratidão os trigais e os vinhedos, as pedras e as selvas, a plantura dos campos e as correntes dos rios, a beleza das hortas, a terra, o fogo, o ar e o vento”.

Esta atitude de reverência e de enternecimento levava-o a recolher as minhocas dos caminhos para não serem pisadas. No inverno dava mel às abelhas para que não morressem de escasseza e de frio. Pedia aos irmãos que não cortassem as árvores pela raiz, na esperança de que pudessen se regenerar. Até as ervas daninhas deveriam ter um lugar reservado nas hortas, para que pudessem sobreviver, pois “elas também anunciam o formossísmo Pai de todos os seres”.

Só pode viver esta intimidade com todos os seres quem escutou sua ressonância simbólica dentro da alma, unindo a ecologia ambiental com a ecologia profunda; jamais se colocou acima das coisas mas ao pé delas, verdadeiramente como quem convive como irmão e irmã, descobrindo os laços de parentesco que une a todos.

O universo franciscano e ecológico nunca é inerte nem as coisas estão jogadas aí, ao alcance da mão possessora do ser humano ou juxtapostas uma ao lado da outra, sem interconexões entre elas. Tudo compõe uma grandiosa sinfonia cujo maestro é o próprio Criador. Todas são animadas e personalizadas; por intuição descobriu o que sabemos atualmente por via científica (Crick e Dawson, os que decifraram o DNA) que todos os viventes somos parentes, primos, irmãos e irmãs, por possuirmos o mesmo código genético de base. Francisco experimento espiritualmente esta consanguinidade.

Desta atitude nasceu uma imperturbável paz, sem medo e sem ameças, paz de quem se sente sempre em casa com os pais, os irmãos e as irmãs.

São Francisco realizou plenamente a esplêndida definição que a Carta da Terra encontrou para a paz: ”é aquela plenitude criada por relações corretas consigo mesmo, com as outras pessoas, outras culturas, outras vidas, com a Terra e com o Todo maior do qual somos parte”(n.16 f). O Papa Francisco parece ter realizado as condições para a paz que irradia.

A suprema expressão da paz, feita de convivência fraterna e acolhida calorosa de todas as pessoas e coisas é simbolizada pelo conhecido relato da perfeita alegria. Através de um artifício da imaginação, Francisco apresenta todo tipo de injúrias e violências contra dois confrades (um deles é ele próprio, Francisco). Encharcados de chuva e de lama, chegam, exaustos, ao convento. Ai são rechaçados a bastonadas (“batidos com um pau de nó em nó”) pelo frade porteiro. Embora tenham sido reconhecidos como confrades, são vilipendiados moralmente e rejeitados como gente de má fama.

No relato da perfeita alegria, que encontra paralelos na tradição budista, Francico vai, passo a passo, desmontando os mecanismos que geram a cultura da violência. A verdadeira alegria não está na autoestima, nem na necessidade de reconheicmento, nem em fazer milagres e falar em linguas. Em seu lugar, coloca os fundamentos da cultura da paz: o amor, a capacidade de suportar as contradições, o perdão e a reconciliação para além de qualquer pressuposição ou exigência prévia. Vivida esta atitude, irrompe a paz que é uma paz interior inalterável, capaz de conviver jovialmente com as mais duras oposições, paz como fruto de um completo despojamento. Não são essas as primícias de um Reino de justiça, de paz e de amor que tanto desejamos?

Esta visão da paz de São Francisco representa um outro modo de ser-no-mundo, uma alternativa ao modo de ser da modernidade e das pós-modernidade, assentado sobre a posse e o uso desrespeitoso das coisas para o desfrute humano sem qualquer outra consideração.

Embora tenha vivido há mais de oitocentes anos, novo é ele e não nós. Nós somos velhos e envelhecidos que com a nossa voracidade estamos destruindo as bases que sustentam a vida em nosso planeta e pondo em risco o nosso futuro como espécie. A descoberta da irmandade cósmica nos ajudará a sair da crise e nos devolverá a inocência perdida que é a claridade infantil da idade adulta.

Leonardo Boff é autor de A oração de São Francisco:uma mensagem de paz para o mundo atual, Vozes 2012.

Unser Platz in der Gesamtheit des Lebens

12/04/2014

Die Ethik der vorherrschenden Gesellschaft ist eine utilitaristische und anthropozentrische. Das heißt, diese Ethik verfällt der Illusion, dass die Lebewesen der Natur nur in dem Maße ein Lebensrecht besitzen, in dem sie den Menschen nützlich sind und der Mensch nach Gutdünken mit ihnen verfahren kann. Die Menschen erachten sich selbst als die Krone der Schöpfung.

Die jüdisch-christliche Tradition bestärkte diese Vorstellung durch den Aufruf: „Unterwerft euch die Erde und herrscht über alles, was auf ihr lebt“ (Gen 1,28).

Nun wissen wir, dass wir Menschen zu den letzten Lebewesen zählen, die auf die Bühne der Schöpfung traten. Als diese zu 99,98 % abgeschlossen war, tauchten wir auf. Das Universum, die Erde und die Ökosysteme bedurften unserer nicht, um sich selbst zu organisieren und ihre majestätische Komplexität und Schönheit zu arrangieren.

Jedes Wesen besitzt einen intrinsischen Wert, unabhängig von dem Nutzen, den wir aus ihm ziehen. Jedes Wesen ist eine Manifestation dieser allem zugrunde liegenden Energie, wie die Kosmologen es nennen, bzw. dieses alle Wesen hervorbringenden Abgrunds. Jedes Wesen, selbst das am wenigsten angepasste, kann etwas zum Vorschein bringen, wozu nur es selbst in der Lage ist, und anschließend verschwindet es möglicherweise für immer aufgrund natürlicher Selektion. Doch für uns ist es wichtig, auf die Botschaft zu hören, die dieses Wesen uns vermittelt, und sie zu zelebrieren.

Am schwerwiegendsten jedoch ist die Vorstellung, die sich die Moderne und viele Mitglieder der zeitgenössischen Wissenschaftsgemeinde vom Planeten Erde und der Natur machen. Sie erachten sie als simple „res extensa“, als etwas Messbares, Manipulierbares und, gemäß Francis Bacons rüder Ausdrucksweise, als etwas, das man „so lange foltert, wie der Inquisitor es mit seinen Opfern zu tun pflegt, bis er alle Geheimnisse aus ihnen herausgequält hat“. Die vorherrschende wissenschaftliche Methode hält noch immer an dieser aggressiven und perversen Logik fest.

René Descartes legt in seiner Abhandlung über die Methode einen ziemlichen Reduktionismus über das Verständnis an den Tag: „Ich verstehe unter ‘Natur’ weder eine Gottheit noch irgendeine andere Art von imaginärer Energie; stattdessen benutze ich dieses Wort, um Materie zu beschreiben.“ Für Descartes ist unser Planet etwas Regloses, Zweckloses, als wären die Menschen nicht Teil dieser Natur.

Fakt ist, dass wir in den Evolutionsprozess einstiegen, als er bereits ein sehr hohes Maß an Komplexität erreicht hatte. Dann erstand menschliches Leben, bewusst und frei, als ein Unterkapitel des Lebens. Durch uns erst wurde sich das Universum seiner selbst bewusst. Und dies geschah in dem winzigen Teil des Universums, das die Erde darstellt. Aus diesem Grund sind wir der Teil der Erde, der fühlt, liebt, denkt, achtsam und voll Bewunderung ist. Wie der argentinische Liedermacher Atahualpa Yupanqui sagt: „Wir sind die Erde, die läuft.

Unser besonderer Auftrag, unser Platz in der Gesamtheit des Lebens, besteht darin, dass wir diejenigen sind, die die Größe des Universums zu schätzen wissen, die den Botschaften, die jedes Lebewesen zum Ausdruck bringt, lauschen und die die Diversität der Wesen und des Lebens zelebrieren.

Und da wir mit Vernunft und Intelligenz ausgestattet sind, haben wir den moralischen Auftrag, für die Schöpfung zu sorgen und sie zu beschützen, um ihren Fortbestand in Vitalität und Integrität zu gewährleisten, und zwar unter den Bedingungen, die es ihr ermöglichen, sich weiterhin zu entwickeln, wie sie es seit 4,4 Milliarden Jahren tut. Dank sei Gott, dem biblischen Autor, dass er den oben zitierten Text korrigierte und im 2. Kapitel von Genesis sagt: „Gott, der Herr, nahm also den Menschen und setzte ihn in den Garten von Eden (die ursprüngliche Erde), damit er ihn bebaue und hüte.“ (Gen 2,15).

Bedauerlicherweise erfüllen wir unseren Auftrag schlecht, denn, wie der Biologe E. Wilson sagt: „Die Menschheit ist die erste Spezies in der Geschichte des Lebens, die sich als eine geophysikalische Kraft herausgestellt hat; der Mensch, dieses zweibeinige Wesen, ein solcher Hohlkopf, hat bereits die Atmosphäre und das Klima der Erde verändert und sie weit von ihren üblichen Normen entfernt; er hat Tausende von giftigen Chemikalien in der ganzen Welt verbreitet, und nun sind wir dabei, das Trinkwasser zu erschöpfen.“ (Creation: An Appeal to Save Life on Earth, 2007). Besorgt angesichts dieser Situation und der Bedrohung durch eine nukleare Apokalypse fragte sich Norberto Bobbio, der große italienische Rechts- und Demokratie-Philosoph: „Verdient es die Menschheit, gerettet zu werden?“ (Il Foglion. 409, 2014, 3).

Wenn wir nicht als Feinde des Lebens durch die Erde selbst von ihr vertrieben werden wollen, müssen wir unsere Einstellung der Natur gegenüber verändern. Doch vor allem müssen wir die Erde, wie es die UNO im April 2009 tat, als Mutter Erde annehmen und entsprechend für sie sorgen, die Geschichte jedes Wesens, ob lebendig oder starr, anerkennen und respektieren. Sie existierten Millionen von Jahren vor uns und ohne uns. Daher müssen sie ebenso respektiert werden, wie wir die alten Menschen respektieren, denen wir mit Respekt und Liebe entgegen treten. Mehr noch als wir haben sie ein Recht auf die Gegenwart und die Zukunft, gemeinsam mit uns. Ansonsten werden uns weder die Technologie noch die Versprechen von grenzenlosem Fortschritt retten können.

Übersetzt von Bettina Gold-Hartnack

 

Leonardo Boff

11.04.2014

 

 

 

Brasilien am Scheideweg: Verlängerung der Abhängigkeit oder Fertigstellung seiner Neu-Erfindun

12/04/2014
Celso Furtado, einer unserer renommiertesten Experten der Wirtschaftspolitik und aufmerksamer Beobachter des Veränderungsprozesses der Weltwirtschaft kontrastiert zu der Brasiliens, schrieb in seinem Buch „Brasilien: unterbrochene Baustelle“ (Brasil: a construção interrompida. SP, Paz e Terra, 1992): „In einem halben Jahrtausend der Geschichte, beginnend mit der Konstellation von Untaten, einer zerschlagenen indigenen Bevölkerung, Sklaven, die von einem zum anderen Kontinent verschoben wurden, europäischen und asiatischen Abenteurern auf der Suche nach einem besseren Leben, wurden wir zu einem Volk mit außerordentlich vielseitiger Kultur, einem Land ohnegleichen in Bezug auf seine territoriale Weite und seine sprachliche und religiöse Einheitlichkeit. Doch es fehlt uns an Erfahrung an schicksalsweisenden Tests wie andere Völker sie erfuhren, deren Überleben bedroht war. Wir kennen auch nicht wirklich unsere Möglichkeiten und vor allem nicht unsere Schwächen. Doch wir sind uns bewusst, dass die Zeit in der Geschichte sich beschleunigt und dass die Zeit gegen uns läuft. Es ist wichtig zu wissen, ob wir eine Zukunft haben als Nation, die an der Konstruktion des menschlichen Fortschritts teilnimmt, oder ob diejenigen Kräfte die Oberhand behalten, die drohen, unseren historischen Prozess in der Bildung eines Nationalstaats zu unterbrechen.“ (Paz e Terra, Rio 1993, 35)

Wir müssen zugeben, dass die heutige brasilianische Gesellschaft bedeutende Fortschritte unter den Regierungszeiten der Arbeiterpartei PT erlebt hat. Der erreichte Grad an sozialer Inklusion und die Sozialpolitik, von der Millionen von Brasilianern profitieren, die immer an den Rand gedrängt waren, hat eine historische Dimension erreicht, deren Bedeutung wir noch nicht voll ermessen haben, insbesondere im Vergleich zu vorigen historischen Phasen, als die traditionellen Eliten die Hegemonie aufrecht erhielten, denn sie nutzten stets die Staatsgewalt zu ihrem eigenen Nutzen.

Doch diese Vorteile sind unverhältnismäßig in Bezug auf die Größe unseres Landes und unseres Volkes. Die Demonstrationen im Juni 2013 zeigten, dass ein großer Teil des Volkes, vor allem die Jugend, nicht zufrieden ist. Die Demonstranten wollen mehr. Sie wollen eine andere Art von Demokratie, eine partizipatorische Demokratie. Sie wollen eine Republik ohne Schiebung, sondern mit Bürgernähe. Zu Recht verlangen sie Transportmöglichkeiten, die sie nicht so viel Lebenszeit kosten; grundlegende Hygieneverhältnisse; ein Bildungssystem, das ihnen hilft, die Welt besser zu verstehen und die Art der Arbeitsplätze, die sie wählen könnten, zu verbessern. Sie verlangen sanitäre Einrichtung mit einem Minimum an Annehmbarkeit und Qualität. In jeder und jedem wächst die Überzeugung, dass ein unfähiges und unwissendes Volk niemals einen qualitativen Sprung nach vorn machen wird in Richtung einer weniger ungerechten Gesellschaft und damit, wie Paulo Freire es zu nennen pflegte, einer weniger bösen Gesellschaft. Die PT muss auf der Höhe dieser neuen Herausforderungen bleiben, und entweder überarbeitet sie ihre Agenda oder sie muss den Machtverlust hinnehmen.

Wir nähern uns dem, was Celso Furtado als „entscheidende Herausforderungen“ bezeichnete. Möglicherweise sind wir zum ersten Mal in der Geschichte an einem kritischen Moment der „Herausforderungen“ angekommen. So wie ich es sehe, wird die nächste Wahl eine ganz besondere sein. Angesichts der Beschleunigung der Zeitgeschichte, stimuliert durch die systemische Weltkrise, werden wir gezwungen sein, uns zu entscheiden: Entweder ziehen wir einen Vorteil aus den Möglichkeiten, die uns diese tiefe Krise in den führenden Wirtschaftsnationen bietet, bekräftigen unsere Autonomie und sichern unsere Zukunft, in der wir autonom sind, aber in Beziehung mit der ganzen Welt stehen; oder wir verpassen die Gelegenheit und sind für immer einem Schicksal unterworfen, das diejenigen bestimmen, die uns zu bloßen Lieferanten von Naturgütern verdammen, an denen es ihnen mangelt, und auf diese Weise werden sie uns aufs Neue kolonialisieren.

Wir können diese merkwürdige internationale Arbeitsteilung nicht akzeptieren. Wir müssen uns nochmals mit dem Traum einiger unserer besten Analysten beschäftigen, wie z. B. Darcy Ribeiro und Luiz Gonzaga de Souza Lima, die u. a. eine Neu-Erfindung oder Neu-Gründung Brasiliens nach unseren Vorstellungen vorschlagen, die einer unserer Gemeinschaft begründenden Erfahrung entspringt, welche von Celso Furtado so gelobt wird.

Dies ist die dringende Herausforderung an alle sozialen Organisationen: Werden sie zur Neu-Erfindung Brasiliens als souveräne Nation beitragen, die im Rahmen des neuen globalen Bewusstseins und des gemeinsamen Geschicks der Erde und der Menschheit konstruiert wird? Könnten sie zu Geburtshelfern eines neuen Bürgertums – eines Mit-Bürgertums und Erdenbürgertums – werden, das die Bürger und Bürgerinnen mit dem Staat in Beziehung setzt, die Bürger und Bürgerinnen untereinander, die Nationen mit der Welt und das brasilianische Bürgertum mit dem globalen Bürgertum, und so dazu beitragen, die Zukunft der Menschen zu formen? Oder werden sie zu Komplizen derjenigen Kräfte, die sich nicht für die Konstruktion des Brasilien-Projekts interessieren, da sie Brasilien im Globalisierungsprojekt in einer untergeordneten und abhängigen Form einbeziehen wollen und den Vorteilen den reichen Klassen überlassen, die immer von dieser Art von Bündnis profitieren?

Die nächsten Wahlen werden Licht auf diese Alternativen werden. Wir müssen entscheiden, wo wir stehen werden. Die Zeit drängt, denn, wie Celso Furtado uns mit starken Bedenken warnte: „Alles deutet auf die Überlebensunfähigkeit des Landes als Nation hin“ (a.a.O. S. 35). Wir wollen uns dieser ernsten Warnung nicht fatalistisch beugen. Wir dürfen die Niederlage nicht hinnehmen, ohne uns in allen Schlachten engagiert zu haben, wie Don Quixote uns in seiner hoffnungsvollen Poesie lehren würde.

Noch haben wir Zeit, die Veränderungen vorzunehmen, die das Land auf den rechten Weg bringen, insbesondere jetzt, da Brasilien durch die ökologische Krise ein entscheidendes Gewicht im Gleichgewicht für den Planeten Erde erreicht hat. Es ist notwendig, dass wir an unsere Möglichkeiten glauben, selbst in unserer globalen Mission, würde ich sagen.

Übersetzgung von Bettina Gold-Harnack

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