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El viaje más largo: rumbo a nuestro propio corazón

29/11/2013

El gran conocedor de los meandros de la psique humana C.G. Jung observaba: el viaje rumbo a nuestro propio centro, al corazón, puede ser más largo y peligroso que el viaje a la luna. En el interior humano habitan ángeles y demonios, tendencias que pueden llevar a la locura y a la muerte, y energías que conducen al éxtasis y a la comunión con el Todo.

Entre los pensadores de la condición humana hay una pregunta nunca resuelta: ¿Cuál es la estructura de base del ser humano? Muchas son las escuelas de intérpretes pero no viene al caso enumerarlas ahora.

Yendo directamente al asunto diría que no es la razón, como se afirma comúnmente. La razón no irrumpe no es lo primero que irrumpe. Ella remite a dimensiones más primitivas de nuestra realidad humana de las que se alimenta y que la permean en todas sus expresiones. La razón pura kantiana es una ilusión. La razón viene siempre impregnada de emoción, de pasión y de interés. Conocer es siempre entrar en comunión interesada y afectiva con el objeto del conocimiento

Más que ideas y visiones de mundo, son pasiones, sentimientos fuertes, experiencias germinales las que nos mueven y nos ponen en marcha. Nos levantan, nos hacen arrostrar peligros y hasta arriesgar la propia vida.

Lo primero parece ser la inteligencia cordial, sensible y emocional. Sus bases biológicas son las más ancestrales, ligadas al surgimiento de la vida, hace 3,8 mil millones de años, cuando las primeras bacterias irrumpieron en el escenario de la evolución y comenzaron a dialogar químicamente con el medio para poder sobrevivir. Este proceso se profundizó a partir del momento en que surgió, hace millones de años, el cerebro límbico de los mamíferos, cerebro portador de cuidado, de ternura, de cariño y amor por la cría, gestada en el seno de esta nueva especie de animales, a la cual también pertenecemos nosotros los humanos. En nosotros ha llegado a la fase autoconsciente e inteligente. Todos nosotros estamos vinculados a esta tradición primera.

El pensamiento occidental, logocéntrico y antropocéntrico, puso el afecto bajo sospecha, con el pretexto de que perjudicaba la objetividad del conocimiento. Hubo un exceso, el racionalismo, que llegó a producir en algunos sectores de la cultura, una especie de lobotomía, es decir, una completa insensibilidad frente al sufrimiento humano, el de los demás seres y el de la Madre Tierra. El Papa Francisco en Lampedusa delante de los inmigrantes africanos criticó la globalización de la insensibilidad, incapaz de compadecerse y llorar.

Pero se puede decir que a partir del romanticismo europeo (con Herder, Goethe y otros) se empezó a recuperar la inteligencia sensible. El romanticismo es más que una escuela literaria; es una manera de sentir el mundo, nuestra pertenencia a la naturaleza y la integración de los seres humanos en la gran cadena de la vida (Löwy y Sayre, Rebelión y melancolía, Vozes, 28-50).

Modernamente el afecto, el sentimiento y la pasión (pathos) han ido adquiriendo centralidad. Este paso es hoy imperativo, pues solamente con la razón (logos) no podemos hacer frente a las graves crisis por las que pasan la vida, la humanidad y la Tierra. La razón intelectual necesita unirse a la inteligencia emocional sin la cual no construiremos una realidad social integrada y de rostro humano. No se llega al corazón del corazón sin pasar por el afecto y el amor.

Entre otros muchos datos importantes, cabe resaltar sin embargo uno, por su relevancia y por la gran tradición de la que goza: es la estructura del deseo que marca la psique humana. Partiendo de Aristóteles, pasando por san Agustín y por los medievales como san Buenaventura (llama a san Francisco vir desideriorum, hombre de deseos), por Schleiermacher y MaxScheler en los tiempos modernos, y culminando con Sigmund Freud, Ernst Bloch y René Girard en tiempos más recientes, todos afirman la centralidad de la estructura del deseo.

El deseo no es un impulso cualquiera. Es un motor que dinamiza y pone en marcha toda la vida psíquica. Funciona como un principio, tan bien traducido por el filósofo Ernst Bloch como principio esperanza. Por su naturaleza, el deseo es infinito y confiere carácter infinito al proyecto humano.

El deseo hace dramática y, a veces, trágica la existencia. Cuando se realiza, da una felicidad sin igual. Pero por otro lado, produce una grave desilusión cuando el ser humano identifica una realidad finita como el objeto infinito deseado. Puede ser la persona amada, una profesión siempre deseada, una propiedad, un viaje por el mundo o una nueva marca de teléfono móvil.

No pasa mucho tiempo y aquellas realidades deseadas le parecen ilusorias y solamente hacen aumentar el vacío interior, tan grande como el tamaño Dios. ¿Cómo salir de este impasse tratando de equilibrar lo infinito del deseo con lo finito de toda realidad? ¿Vagar de un objeto a otro, sin nunca encontrar reposo? El ser humano tiene que plantearse seriamente esta pregunta: ¿Cuál el verdadero y oscuro objeto de su deseo? Me atrevo a responder: es el Ser y no el ente, el Todo y no la parte, es el Infinito y no lo finito.

Después de mucho peregrinar, el ser humano es llevado a pasar por la experiencia del cor inquietum de san Agustín, incansable hombre de deseo e infatigable peregrino del Infinito. En su autobiografía, Las Confesiones, declara con conmovedor sentimiento:

Tarde te amé, oh Belleza siempre antigua y siempre nueva. Tarde te amé. Tú me tocaste y yo ardo en deseo de tu paz. Mi corazón inquieto no descansará hasta reposar en Ti (libro X, n.27).

Aquí tenemos descrita la trayectoria del deseo que busca y encuentra su oscuro objeto siempre deseado, en el sueño y en la vigilia. Sólo el Infinito se adecúa al deseo infinito del ser humano. Sólo entonces termina el viaje rumbo al corazón y comienza el sábado del descanso humano y divino.

Traduccion de Maria Jose Gavito Milano

6 Comentários leave one →
  1. 01/12/2013 7:56

    Querido Leonardo, si me lo permite, traduciré este bello artículo en francés para algunos amigos que no tienen la suerte de leer el castellano. Gracias

    • 01/12/2013 8:14

      Yerdua
      Pudes hacercerlo este y otros que consideras interesante.
      Gracia por divulgar textos que pueden llevar a las personas a reflexionar.
      lboff

      • 01/12/2013 9:29

        Muchas gracias a usted, les colgaré debajo de los textos en castellano en este blog si le parece
        Audrey

  2. 01/12/2013 17:44

    Le voyage le plus long : direction, le cœur
    C. G. Jung, ce grand connaisseur des méandres de la psyché humaine, notait : le voyage en direction de notre propre centre, vers le cœur, peut être plus long et plus périlleux que le voyage jusqu’à la lune. Dans l’intériorité humaine, cohabitent des anges et des démons, des tendances qui peuvent conduire à la folie et à la mort, et des énergies qui conduisent à l’extase et à la communion avec le Tout.
    Pour les penseurs de la condition humaine, une question reste sans réponse : quelle est la structure de base de l’être humain ? Les théories sont aussi nombreuses que les écoles mais il serait inutile de les résumer ici.
    Pour aller droit au but, je dirais que cette structure n’est pas la raison comme on l’a souvent affirmé. La raison n’est pas première dans l’ordre des choses. Elle est reliée a des dimensions de notre réalité humaine plus primitives dont elle s’alimente et qui l’imprègnent dans toutes ses manifestations. La raison pure kantienne est une illusion. La raison est toujours imprégnée d’émotion, de passion et de curiosité. Connaître c’est toujours entrer en communion affective avec l’objet de la connaissance pour lequel on sent de l’intérêt.
    Plus que les idées ou les visions du monde, ce sont les passions, les sentiments forts, les expériences germinales qui nous meuvent et nous mettent en marche. Ils nous font nous lever, affronter les dangers et même risquer notre vie.
    La structure première semble être l’intelligence cordiale, sensible, émotionnelle. Ses bases biologiques sont les plus anciennes, elles sont liées à l’irruption de la vie, il y a 3,8 millions d’années, quand les premières bactéries apparurent sur la scène de l’évolution et commencèrent à dialoguer chimiquement avec leur milieu pour survivre. Ce processus s’est approfondi quand le cerveau limbique des mammifères, porteur de soin, de tendresse, d’affection et d’amour pour les petits, conçus au sein de cette nouvelle espèce d’animaux dont nous autres les êtres humains faisons partie, a fait son apparition, il y a des millions d’années. C’est en nous que ce processus est arrivé à sa phase consciente et intelligente. Nous sommes tous reliés à cette tradition première.
    La pensée occidentale, logocentrique et anthropocentrique, a fait peser de lourds soupçons sur l’affect, sous prétexte qu’il nuisait à l’objectivité de la connaissance. Un de ses excès, le rationnalisme, a réussi à produire dans certains secteurs de la culture, une espèce de lobotomie, c’est-à-dire une insensibilité totale à la souffrance humaine, à celle des autres êtres vivants et de la Terre Mère. À Lampedusa, devant les immigrants, Le Pape François a critiqué la globalisation de l’insensibilité, l’incapacité de ressentir de la compassion et de pleurer.
    On peut dire toutefois qu’à partir du romantisme européen (avec Herder, Goethe et bien d’autres), l’intelligence sensible a commencé d’être récupérée. Le romantisme est davantage qu’une école littéraire ; c‘est une manière de sentir le monde, notre appartenance à la nature et l’intégration des êtres humains dans la grande chaîne de la vie (Löwy et Sayre, Rebelión y melancolía, Vozes, 28-50).
    À l’ère moderne, l’affect, le sentiment et la passion (pathos) ont acquis une position centrale. Il est impératif de franchir ce pas car la seule raison ne permet pas de faire face aux graves crises que traversent la vie, l’humanité et la Terre. La raison intellectuelle doit aller de pair avec l’intelligence émotionnelle sans laquelle nous ne pourrons construire une réalité sociale intégrée et à visage humain. On ne peut arriver au cœur du cœur sans en passer par l’affect et l’amour.
    Parmi bien des théories, il en est une qui cependant mérite d’être mise en lumière car elle est importante et s’inscrit dans une longue tradition : c’est la structure du désir qui modèle la psyché humaine. Depuis Aristote, en passant par saint Augustin et par les penseurs du Moyen-Âge tel saint Bonaventure (il nomme saint François, vir desideriorum, homme de désir), par Schleiermacher et Max Scheler à l’ère moderne, et, en son point culminant, par Sigmund Freud, Ernst Bloch et René Girard à une époque plus récente, tous affirment la centralité de la structure du désir.
    Le désir n’est pas une impulsion quelconque. C’est un moteur qui dynamise et met en marche toute la vie psychique. Il fonctionne comme un principe, si bien traduit par le philosophe Ernst Bloch comme principe d’espérance. De par sa nature, le désir est infini et confère un caractère infini au projet humain.
    Le désir rend l’existence dramatique et, même parfois, tragique.
    Quand il se réalise, il procure un bonheur sans pareil. Mais, d’un autre côté, il produit une grave déception quand l’être humain identifie une réalité finie comme objet infini désiré. Il peut s’agir de l’être aimé, d’un métier auquel on avait toujours aspiré, d’une propriété, d’un voyage autour du monde ou d’une nouvelle marque de téléphone portable.
    Il ne faut pas longtemps pour que ces réalités désirées nous apparaissent comme illusoires, ne faisant qu’augmenter le vide intérieur, aussi grand que Dieu lui-même. Comment sortir de cette « impasse » en essayant de conserver un équilibre entre l’infini du désir et le fini de toute réalité ? Errer d’un objet à l’autre, sans trouver le repos ? L’être humain doit se poser sérieusement cette question : Quel est le vrai, l’obscur objet de son désir ? Je me permettrais de répondre : c’est l’Être et non l’être, Le Tout et non la partie, c’est l’Infini et non le fini.
    Après un long pèlerinage, l’être humain est amené à passer par l’expérience du cor inquietum de saint augustin, infatigable homme de désir et infatigable pèlerin de l’Infini. Dans son autobiographie, Les Confessions, il déclare plein d’émotion :
    « Bien tard je t’ai aimé, ô beauté si ancienne et si nouvelle. Bien tard je t’ai aimé. Tu m’as touché et je me suis enflammé pour ta paix. Mon cœur inquiet est sans repos jusqu’à ce qu’il repose en Toi » (livre X, n.27).
    C’est l’exemple de la trajectoire du désir qui cherche et qui trouve son obscur objet toujours désiré, dans le rêve et la vigile. Seul l’Infini répond au désir infini de l’être humain. Seulement alors se termine le voyage vers le cœur et commence le samedi du repos humain et divin.
    Traduit par Audrey Verstaen

  3. renato cortes permalink
    05/01/2014 1:38

    Don Leonardo.

    Un gran articulo.

    Lo he seguido desde mi niñez. Gracias por compartir su pensamiento.

    Abrazo cordial.

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