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El Papa pide perdón en México a los pueblos originarios

08/03/2016

La fecha del 15 de febrero de 2016 ha sido memorable, cuando el Papa Francisco estuvo en la ciudad colonial de San Cristóbal de las Casas, capital del estado más pobre de México, Chiapas, donde en 1994 irrumpió la rebelión de los zapatistas que perduró hasta el 2005. Allí se encontró con los pueblos originarios mayas, quichés y otros. Ante cien mil personas celebró misa utilizando las lenguas de ellos.

Fue una visita de doble reparación. Primero a los pueblos originarios, pidiendo perdón por los siglos de dominación y de sufrimientos: «Muchas veces, de manera sistemática y estructural, vuestros pueblos fueron objeto incomprendidos y excluidos de la sociedad. Algunos consideraron inferiores sus valores, su cultura y sus tradiciones, (…) y eso es muy triste. Lo que nos haría bien a todos sería un examen de conciencia y aprender a pedir perdón».

Resuenan todavía en nuestros oídos las palabras conmovedoras del profeta maya Chilam Balam de Chumayel: «Ay, entristezcámonos porque llegaron… vinieron a marchitar nuestras flores para que solo su flor viviese; entre nosotros se introdujo la tristeza, vino el cristianismo; ese fue el principio de nuestra miseria, el principio de nuestra esclavitud».

El impacto de la invasión de los españoles fue tan violento que de los 22 millones de aztecas existentes en 1519 cuando Hernán Cortés penetró en México, sólo quedaban en 1600 un millón de personas. Muchos murieron en guerras y la gran mayoría por enfermedades de los europeos contra las cuales no estaban inmunizados. Fue uno de los mayores genocidios de la historia humana. Los colonizadores sometieron los cuerpos, los misioneros conquistaron las almas. En lenguaje de un indígena del siglo XVI, los españoles, todos cristianos, «fueron el anti-Cristo en la Tierra, el puma de los pueblos, el chupador del indio”.

Ahora llega un Papa de América Latina que no escamotea, como siempre se hizo por la Iglesia oficial y por España, esta devastación de naciones enteras. Reconoce los pecados y abusos y pide perdón.

Hizo una segunda reparación: la rehabilitación del obispo Don Samuel Ruiz García, incomprendido por la jerarquía mexicana, en gran parte conservadora, y literalmente perseguido por el Vaticano por introducir diáconos indígenas y por colocar las bases de una “Iglesia indígena” que combinaba elementos de catolicismo y de la cultura autóctona, que incluye ramos de pino, huevos y referencias a Dios como Padre y como Madre. El Papa reconoció las tres lenguas principales como lenguas litúrgicas: chol, tzotzil y tzeltal. Se detuvo ante la tumba de don Samuel Ruiz y rezó largamente.

Y más aún. El Papa reconoció la gran contribución que pueden dar al mundo por la forma como tratan a la Pacha Mama, con respeto, veneración y armonía.

Retoma el discurso de la encíclica sobre el “Cuidado de la Casa Común” y dice enfáticamente: «No podemos permanecer indiferentes ante una de las mayores crisis ambientales de la historia. En esto, ustedes tienen mucho que enseñarnos. Vuestros pueblos, como reconocieron los obispos de América Latina, saben relacionarse armoniosamente con la naturaleza, que respetan como fuente de alimento, casa común y altar del compartir humano».

Y añade: «Entre los pobres más abandonados y maltratados está nuestro oprimido y devastado planeta. No podemos hacernos sordos ante una de las mayores crisis ambientales de la historia». E invita de nuevo a esos pueblos originarios a ser referencia viva de otro modo de habitar la Casa Común, de producir, de distribuir y de consumir en consonancia con los ritmos de la naturaleza y en equidad en la participación de los bienes y servicios naturales.

De mis andanzas por los distintos países latinoamericanos constato dos fenómenos visibles: la recuperación biológica de los pueblos originarios. Están creciendo en número y rehaciendo su población, en otro tiempo casi exterminada. El segundo es la reconquista de su cultura con sus religiones y con su sabiduría ancestral, transmitida por las abuelas y abuelos de generación en generación. Es una experiencia inolvidable participar en sus celebraciones, dirigidas por sus sacerdotes, sacerdotisas y sabios. Ahí se siente una profunda sacralidad y comunión con todos los elementos del universo, de la naturaleza y de la Madre Tierra.

Ellos no son hijos de la modernidad secularizada. Guardan una sagrada veneración por todas las cosas. Se sienten hijos e hijas de las estrellas y en profunda comunión con los antepasados. Estos son invisibles, pero están presentes, acompañando al pueblo con sus consejos trasmitidos por los ancianos y por los sabios.

Debemos revisitar estas culturas ancestrales. En ellas están vivos principios y valores que nos podrán inspirar formas de superar nuestra crisis de civilización y garantizar nuestro futuro.

* Leonardo Boff es articulista del JB online y escribió “América Latina: de la conquista a la nueva evangelización”, Indo American Press 1992.

Traducción de MJ Gavito Milano

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